viernes, 7 de noviembre de 2014

CAMUS



En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. El lo notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora. Me respondió que era una visita amistosa que no tenía nada que ver con la apelación, de la que no sabía nada. Se sentó en el camastro y me invitó a acercarme más a él. Me negué. A pesar de todo, me parecía muy amable.

“¿Por qué, me dijo, rehúsa usted mis visitas?” Contesté que no creía en Dios. Quiso saber si estaba bien seguro y le dije que yo mismo no tenía para que preguntármelo; me parecía una cuestión sin importancia. Se echó entonces hacia atrás y se recostó contra el muro, con las manos en los muslos. Casi sin que pareciera hablarme, observó que a veces uno creía estar seguro cuando, en realidad, no lo estaba. Yo no decía nada. Me miró y me preguntó: “¿Qué piensa usted?” Contesté que quizá fuera así. Quizá no estaba seguro de lo que interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba. Y, justamente, lo que él me decía no me interesaba.

Volvió la mirada y, siempre sin cambiar de posición, me preguntó si no hablaba así por exceso de desesperación. Le expliqué que no estaba desesperado. Simplemente tenía miedo, era bien natural. “Entonces Dios le ayudará.” hizo notar. “Todos cuantos he conocido en su caso han vuelto a Él.” Reconocí que estaban en su derecho. Probaba también que tenían tiempo para hacerlo. En cuanto a mí no quería que me ayudaran y precisamente no tenía tiempo para interesarme en lo que no me interesaba.


ALBERT CAMUS, nació el 7 de noviembre de 1913, en Algeria



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